Un estupendo artÃculo de Alfonso Santandrea
 Ilustramos con una imagen del cocinero Sergio Arola, este magnÃfico artÃculo de Alfonso Santandrea que publicaba El Mundo este sábado.
Y LA VANIDAD SE HIZO CARNE Y HABITO EN ESPAÑA
Por ALFONSO SANTANDREA
Según una famosa sentencia de Steiner, la cultura no es garantÃa de nada. Tampoco el arte, añado yo. Al menos desde que la «gilipollización global» utiliza ambos términos en vano. Quizá la culpa fuera de Duchamp por santificar un urinario, pero el caso es que hoy en dÃa pasamos de la sacralización del objeto artÃstico a su banalización total. Lo mismo vale Picasso que Valentino, Bacon que una Harley. Sólo asà se explicarÃa que cedamos los museos a los vestiditos del uno y a las motitos de los otros.
Si primero fue el verbo, después acampó la vanidad y a continuación, nos asoló la confusión, tampoco podemos extrañarnos de la nueva arrogancia de los artesanos porque, entre todos, les hemos concedido el papel de artistas alternativos y geniales, de nuevas luminarias de la cultura. Dedicar la Documenta de Kassel a un cocinero, por muy genial que sea en lo suyo, que lo es, es mezclarlo todo.Llamar artista a quien no es más que un honrado artesano, supone matar el arte, pero no por medio de la revolución, como pretendÃan las vanguardias, sino por la mera corrosión.
David DelfÃn es una gran vÃctima de este embrollo. La adulación y las lisonjas le han obnubilado. Es la vanidad hecha carne y ya no se comporta como un insigne costurero sino como un artista maldito. El apoyo de los generosos Postigo, como el de la viuda Von Meck a Chaikovski, le hace creer que su obra permanecerá para siempre cuando es tan caduca como los tejidos con que la confecciona.
Sergi Arola es a la cocina lo que DelfÃn a los dedales. Es cierto que cuando uno prueba su leve y aromática cocina olvida su atroz pedanterÃa, pero su constante presencia pública -desde el exhibicionismo al reality- y su poco cultivada opinión sobre todas las cosas, le colocan en el reino de los guanabÃ, sección pedantes. Una vez me dijo, solemne: «Me están haciendo unas sillas exprofesas para el restaurante».
Afortunadamente, no todos son asà y algunos prefieren mantenerse tan sólo en la discreción del trabajo bien hecho como, por ejemplo, Andrés Madrigal, el mejor cocinero madrileño, el mimado por la izquierda rosé y que, paso a paso, se va convirtiendo en uno de los grandes. O Joan Roca que ya deberÃa tener tres estrellas Michelin desde hace tiempo. O Patricia Urquiola, nuestra diseñadora más cosmopolita a quien no llegan los efluvios del incienso nacional porque vive en Milán.
El problema es que nuestros pequeños vanidosos no tienen toda la culpa porque, carentes de formación y sobrados de talento, no poseen los recursos suficientes para, como hizo Ulises, amarrarse al mástil de la sensatez e ignorar los cantos de las sirenas de la estupidez y el ditirambo.
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